¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?,
cada noche tengo uno distinto,
y siguiendo la voz del instinto
me lanzo a buscar...
Imagino, preciosa, que un hombre.
Algo más, un amante discreto
que se atreva a perderme el respeto
¿no quieres probar?
Vivo justo detrás de la esquina
no me acuerdo si tengo marido
si me quitas con arte el vestido
te invito a champan.
Le solté al barman mil de propina
apuré la cerveza de un sorbo
acertó el que el templo del morbo
le puso a este bar.
Peor para el sol que se mete a las siete
en la cuna del mar a roncar,
mientras un servidor
le levanta la falda a la luna.
Al llegar al portal nos buscamos
como dos estudiantes en celo,
un piso antes del séptimo cielo
se abrió el ascensor.
Nos sirvió para el último gramo
el cristal de su foto de boda
no faltó ni el desfile de moda
de ropa interior.
En mi casa no hay nada prohibido
pero no vayas a enamorarte
con el alba tendrás que marcharte
para no volver.
Olvidando que me has conocido,
que una vez estuviste en mi cama,
hay caprichos de amor que una dama
no debe tener.
(Estribillo)
Es mejor, le pedí, que te calles,
no me gusta invertir en quimeras,
me han traído hasta aquí tus caderas
no tu corazón.
Y después, para qué más detalles,
ya sabéis, copas, risas, excesos
como van a caber tantos besos
en una canción.
Volví al bar a la noche siguiente
a brindar con su silla vacía,
me pedí una cerveza bien fría
y entonces no se...
...si soñé o era suya la ardiente
voz que me iba diciendo al oído,
me moría de ganas, querido,
de verte otra vez.
J. Sabina.
tranquilos, que sólo a mí, suelo hacer daño. Y regresé a la maldición del cajón sin su ropa, a la perdición de los bares de copas, a las cenicientas de saldo y esquina, y, por esas ventas del fino Laina, pagando las cuentas de gente sin alma que pierde la calma con la cocaína, volviéndome loco, derrochando la bolsa y la vida la fui, poco a poco, dando por perdida.
miércoles, 29 de octubre de 2008
viernes, 10 de octubre de 2008
Sonata de Invierno
no oir y no escuchar, entre clamores miles,
los ruidos ciudadanos, sino sólo el clamor
de las santas campanas, y llevar el fervor
nuestro al vil cumplimiento de tareas pueriles;
dormir entre viciosos y ser un penitente,
amar sólo en silencio, huyendo de la gente;
el infinito tiempo guardar en la paciencia,
y sentir el escrúpulo con ingenuo temor
¡y entre tantos reparos estas pobres virtudes!
-¡Huye -nos dice el Ángel- del orgullo traidor!-
P. Verlaine.
Es acaso el escribir, un trabajo de ocho horas diarias?
Sólo ocho?
No creo. Creo que quien escribe lo hace siempre, aunque no plasme en un papel todo lo que piensa y vive. Creo que escribir implica vivir -por eso no creo en Withman ni en Luis Osorio Jayk, ni en el artista que no lo sabe todo, que no lo ha leído todo-. Creo que sólo la vida te da imágenes, pensamiento y música para crear, plasmar. Qué puede decir quien no ha vivido? Nada. Por eso hay quienes nos quedamos mudos, pues la vida se nos ha acabado y de ella nada queda que decir; así que debemos vivir de nuevo, cambiar todo esquema de vida anterior, convertirnos en río y fluir en el vientre de Gaya, para luego ser árboles que siempre den frutos y nunca marchiten.
Creo que la sóla imaginación no basta para suplantar el sentimiento, que este es autónomo y solo vivirlo te hace conocerlo y te da pie para comentarlo; ¿cómo hablar de hijos que nunca se han parido? ¿cómo hablar de un padre nunca visto? ¿qué decir de los maricas si un glande jamás ha rozaso tu entrepierna? ¿cómo hablar del bazuco sin un bombazo encima? ¿qué decir de una vida jamás vivida? ¿cómo volar sin alas? Antes, callé. Sabía que solo figuraba. Ahora, soy. Creo que soy. Aunque al final creer, sea simplemente eso, creer.
los ruidos ciudadanos, sino sólo el clamor
de las santas campanas, y llevar el fervor
nuestro al vil cumplimiento de tareas pueriles;
dormir entre viciosos y ser un penitente,
amar sólo en silencio, huyendo de la gente;
el infinito tiempo guardar en la paciencia,
y sentir el escrúpulo con ingenuo temor
¡y entre tantos reparos estas pobres virtudes!
-¡Huye -nos dice el Ángel- del orgullo traidor!-
P. Verlaine.
Es acaso el escribir, un trabajo de ocho horas diarias?
Sólo ocho?
No creo. Creo que quien escribe lo hace siempre, aunque no plasme en un papel todo lo que piensa y vive. Creo que escribir implica vivir -por eso no creo en Withman ni en Luis Osorio Jayk, ni en el artista que no lo sabe todo, que no lo ha leído todo-. Creo que sólo la vida te da imágenes, pensamiento y música para crear, plasmar. Qué puede decir quien no ha vivido? Nada. Por eso hay quienes nos quedamos mudos, pues la vida se nos ha acabado y de ella nada queda que decir; así que debemos vivir de nuevo, cambiar todo esquema de vida anterior, convertirnos en río y fluir en el vientre de Gaya, para luego ser árboles que siempre den frutos y nunca marchiten.
Creo que la sóla imaginación no basta para suplantar el sentimiento, que este es autónomo y solo vivirlo te hace conocerlo y te da pie para comentarlo; ¿cómo hablar de hijos que nunca se han parido? ¿cómo hablar de un padre nunca visto? ¿qué decir de los maricas si un glande jamás ha rozaso tu entrepierna? ¿cómo hablar del bazuco sin un bombazo encima? ¿qué decir de una vida jamás vivida? ¿cómo volar sin alas? Antes, callé. Sabía que solo figuraba. Ahora, soy. Creo que soy. Aunque al final creer, sea simplemente eso, creer.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
